Introducción

Las instituciones de educación superior han sufrido un proceso de feminización notable sobre todo en la matrícula estudiantil (Correa, 2006). De acuerdo con el Informe Educación Superior en Iberoamérica (2007), la matrícula femenina representa 50% o más del total en la mayoría de los países, con excepción de Chile (48%). Sin embargo tal aumento no supone por sí mismo condiciones de equidad entre mujeres y hombres dentro de las universidades.

Existen un amplio número de estudios en los que se aprecia la segregación disciplinaria, donde ellas suelen encontrarse mayoritariamente en las áreas relacionadas con la salud, el cuidado y la educación, mientras que las de ingeniería y ciencias aplicadas están ocupadas en gran medida por los varones, lo que constituye “reductos” que limitan los márgenes de elección y las condiciones de inserción laboral de las mujeres y los hombres (Papadópulos y Radakovich, 2006).

También se presenta una segregación por nivel educativo en la que disminuye notoriamente la proporción de acceso de las mujeres en los niveles de posgrado (Buquet, et. al, 2006). Otra tendencia de segregación puede observarse en su baja participación en los espacios de toma de decisiones y en su escasa representación en los nombramientos académicos de mayor jerarquía.

Además, en la academia se confunde la meritocracia con la igualdad de oportunidades, y esto da lugar a lo que se denomina “discriminación indirecta o no intencional”.

Todo ello revela que la presencia de mujeres en las universidades no es sinónimo de equidad de género. Por ello es necesario diseñar y poner en marcha planes y programas, adecuados a las necesidades particulares de cada institución, pues las Universidades tienen la responsabilidad social de contar con ambientes equitativos que favorezcan la igualdad de oportunidades académicas, laborales y profesionales entre los sexos.

La contribución de las instituciones universitarias al desarrollo nacional tiene una función socializadora y un efecto multiplicador que irradia su influencia hacia afuera de sus comunidades; los logros que alcancen en relación con la equidad de género siempre repercutirán en distintos ámbitos de nuestras sociedades. Las medidas que tomen las universidades para conocer las relaciones de género y corregir las desigualdades serán fundamentales para los procesos democratizadores y de justicia de la sociedad en su conjunto.

En la Declaración de la Conferencia Regional de Educación Superior en América Latina y el Caribe (2008) se establece que:

“las instituciones de Educación Superior, y, en particular, las Universidades, tienen la responsabilidad de llevar a cabo la revolución del pensamiento, pues ésta es fundamental para acompañar el resto de las transformaciones […] y dentro de los compromisos vitales de la educación superior están […] el combate contra toda forma de discriminación, opresión y dominación; la lucha por la igualdad, la justicia social y la equidad de género […], entre otros; y que deberán […] expresarse en todos los programas de formación, así como en las prioridades de investigación, extensión y cooperación interinstitucional.” (CRES, 2008)

La equidad entre hombres y mujeres es una preocupación internacional asociada con el bienestar, el desarrollo, la justicia y la paz. Por ello es de suma importancia continuar con el compromiso de lograr mayores niveles de igualdad de género en la Universidad Autónoma de Sinaloa.

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